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Comportamiento

Quizás no sean rabietas: ¿qué intenta comunicar el comportamiento del niño?

Lectura rápida: puntos clave del artículo

  • No todos los comportamientos difíciles representa un intento consciente de desafiar a los adultos.
  • Llanto, gritos, oposición e irritabilidad. puede revelar frustración, cansancio, sobrecarga o dificultad para comunicarse.
  • Entendiendo la causa de comportamiento no significa aceptar la agresión o eliminar límites.
  • Observa el contexto (lo que sucede antes, durante y después de la crisis) ayuda a la familia y la escuela a responder de manera más adecuada.

El niño recibe un “no”, se pone a llorar, grita, tira un objeto al suelo y se niega a obedecer. Ante esta escena, la conclusión suele llegar rápidamente: “Ella está actuando para conseguir lo que quiere”.

En algunos casos, puede haber un intento de cambiar la decisión del adulto. El niño aprende que determinadas conductas producen resultados y puede repetirlas cuando quiera obtener algo. Sin embargo, esta no es la única explicación posible.

Detrás de una reacción intensa también puede haber un niño cansado, frustrado, abrumado por los estímulos, con dificultad para entender lo que sucede o sin recursos emocionales y lingüísticos para expresar lo que siente.

Antes de simplemente preguntar "¿cómo puedo detener este comportamiento?", es posible que debas agregar otra pregunta: “¿Qué está tratando de comunicar este niño?”

¿A qué solemos llamar rabieta?

La palabra “rabieta” se utiliza generalmente para describir conductas como llorar intensamente, gritar, tirarse en el suelo, rechazar orientación, insistir en una petición o reaccionar desproporcionadamente ante la frustración.

El problema no está sólo en la palabra, sino en la interpretación que a menudo la acompaña. Cuando el adulto concluye que el niño actúa sólo para provocar, manipular o desafiar, tiende a responder con irritación, amenazas, castigos o largas reprimendas.

Sin embargo, el comportamiento observado no revela por sí solo su causa. Dos niños pueden gritar ante la misma situación por motivos completamente diferentes. Uno puede estar intentando recuperar un juguete robado; otra puede haber sido sorprendida por un cambio de rutina y no ser capaz de reorganizarse emocionalmente.

Por tanto, no basta con identificar lo que hizo el niño. Es necesario comprender en qué condiciones ocurrió y qué función parece cumplir la conducta.

Cada comportamiento comunica algo.

Decir que la conducta comunica no significa decir que el niño planeó conscientemente un mensaje. A menudo, ella misma no sabe cómo explicar lo que está pasando.

Un niño pequeño puede sentir una emoción intensa sin poder nombrarla. Otra puede saber que se siente incómoda, pero no encuentra las palabras para pedir ayuda, solicitar un descanso o decir que determinado ambiente le resulta insoportable. En estas situaciones, el cuerpo y la conducta acaban expresando lo que el lenguaje aún no ha sido capaz de organizar.

Entre las posibles causas de una reacción difícil podemos encontrar:

  • hambre, somnolencia, dolor o cansancio;
  • frustración ante un deseo que no se puede satisfacer;
  • dificultad para esperar o interrumpir una actividad placentera;
  • miedo, inseguridad o ansiedad;
  • ruido, movimiento, luz o interacción excesivos;
  • dificultad para comprender la orientación;
  • cambios inesperados en la rutina;
  • necesidad de atención o cercanía;
  • limitaciones en la comunicación;
  • intentar evitar una tarea muy difícil;
  • aprender que gritar, insistir o llorar cambia las decisiones de los adultos.

Tenga en cuenta que estas posibilidades no son equivalentes. Si la causa cambia, la intervención también debe cambiar.

La desregulación emocional no es lo mismo que la oposición intencional

Un punto importante es diferenciar una reacción de desregulación emocional de un comportamiento predominantemente dirigido a lograr un determinado resultado.

En la desregulación, el niño pierde temporalmente parte de la capacidad de organizar sus emociones y acciones. Puede gritar, llorar, huir, empujar objetos o rechazar cualquier acercamiento. En este momento, las explicaciones largas y las exigencias complejas suelen surtir poco efecto, porque su capacidad de escuchar, reflexionar y tomar decisiones se ve reducida.

Las funciones ejecutivas y la autorregulación, las habilidades relacionadas con el control de los impulsos, la atención, la flexibilidad mental y la planificación, no nacen listas para usar. Se desarrollan a lo largo de la infancia y dependen tanto de la maduración como de las experiencias y mediación de los adultos. EL Centro para el desarrollo del niño, de la Universidad de Harvard, destaca que estas capacidades se construyen de forma progresiva y permiten gestionar información, tomar decisiones y controlar respuestas impulsivas.

En otras situaciones, el niño puede observar la reacción del adulto, dejar de llorar cuando recibe lo que quiere y repetir la conducta porque ha aprendido que funciona. Aún así, reducir toda la situación a la idea de “manipulación” no ayuda mucho. Es más productivo reconocer que se ha aprendido una determinada conducta y que el niño necesita aprender otra forma, más socialmente apropiada, de preguntar, esperar, negociar o afrontar lo negativo.

Además, las dos situaciones pueden mezclarse. Una reacción puede comenzar como un intento de conseguir algo y evolucionar hacia una verdadera desorganización emocional. El comportamiento de los niños rara vez encaja en divisiones perfectamente rígidas.

Observa lo que sucede antes, durante y después.

Una forma práctica de comprender el comportamiento es registrar tres elementos: qué pasó antes, cuál fue exactamente la reacción del niño y qué pasó inmediatamente después.

Este modo de observación se conoce como análisis ABC:

  • Antecedentes (A): ¿Qué ocurrió inmediatamente antes del comportamiento?
  • Comportamiento (B): ¿Qué hizo realmente el niño?
  • Consecuencia (C): ¿Qué pasó después y cómo reaccionaron los adultos?

Imagine que un niño empieza a gritar cada vez que se le asigna una actividad de escritura. Si sólo observamos el grito, podemos catalogarlo como desobediente. Pero, al analizar el contexto, podemos descubrir que todavía tiene dificultades para escribir, se siente avergonzada de sus propios errores y percibe el momento de la actividad como una amenaza.

En otro caso, el niño puede gritar cuando le quitan el celular y volver a recibirlo porque los adultos quieren terminar rápidamente el conflicto. Sin querer, la familia enseña que aumentar la intensidad de la reacción es una forma eficaz de recuperar el dispositivo.

La observación funcional de la conducta se utiliza en contextos educativos precisamente para investigar los factores que preceden y mantienen determinadas respuestas. Las directrices sobre evaluación funcional destacan que conocer el motivo probable del comportamiento permite enseñar formas alternativas de satisfacer la misma necesidad. Esta perspectiva aparece en materiales del Departamento de Educación de los Estados Unidos y la Centro Iris, de la Universidad de Vanderbilt.

Las familias y los profesores no necesitan convertir la rutina en una investigación formal. Un simple registro, realizado durante unos días, puede revelar patrones importantes.

¿Cómo actuar durante una crisis?

Cuando un niño está emocionalmente desorganizado, el primer objetivo no debe ser sermonearlo sobre su comportamiento. Antes de enseñar es necesario ayudarla a recuperar las condiciones mínimas de escucha y pensamiento.

Algunas acciones pueden ayudar:

1. Primero regula tu propia reacción

El adulto no necesita ignorar el comportamiento, pero debe evitar competir con el niño que grita más fuerte. Hablar con firmeza y calma reduce la cantidad de estímulos presentes en la situación. La calma de un adulto no es pasividad. Es una manera de permanecer en el momento.

2. Use few words

Durante una crisis, las frases cortas son más eficaces:

  • "Sé que estabas enojado".
  • "No te dejaré golpear".
  • "El juguete permanecerá almacenado".
  • “Hablemos cuando estés más tranquilo”.

Las explicaciones largas pueden aumentar la sobrecarga y convertir la intervención en un elemento más del conflicto.

3. Proteger sin humillar

Si existe riesgo de agresión, caída o destrucción, el adulto debe detener la acción y proteger a las personas involucradas. Esto se puede hacer sin insultos, amenazas o exposición pública. El niño necesita comprender que ciertos comportamientos no estarán permitidos, pero no es necesario que esté definido por ellos. Ella tuvo una reacción inapropiada; Esto no significa que sea “malo”, “insoportable” o “inculto”.

4. No negociar todo en el momento álgido de la reacción

Si la decisión del adulto cambia cada vez que el llanto se intensifica, el niño puede aprender que la crisis es una estrategia eficaz. La bienvenida debe abordar la emoción, no necesariamente la solicitud. Puedes decir: "Entiendo que querías seguir jugando, pero ahora tenemos que irnos". El sentimiento se reconoce, mientras el límite permanece.

5. Hablar después de que el niño se haya reagrupado.

Después de la crisis, el adulto puede ayudarla a reconstruir lo sucedido: "Estabas muy enojada cuando terminó el juego. La próxima vez puedes decirme que te gustaría tener unos minutos más. Puede que no te lo permita, pero te escucharé". Esta conversación enseña lenguaje emocional e introduce comportamientos alternativos. Simplemente decir "no hagas más eso" te indica qué debes evitar, pero no te enseña qué hacer.

Comprender no significa permitirlo todo

Existe un temor comprensible de que investigar las causas del comportamiento resulte en permisividad. Sin embargo, la aceptación y los límites no son opuestos.

El niño puede tener razón al sentirse frustrado y aun así no se le permite atacar. Es posible que esté cansado y necesite seguir instrucciones. Puede que no te guste el cambio de rutina y poco a poco aprendas a afrontarlo.

El papel del adulto es reconocer la emoción, detener conductas dañinas y enseñar una respuesta más adecuada. La disciplina, en este contexto, está más cerca de la enseñanza que del castigo.

En algunas situaciones, también es necesario mantener la consecuencia. Si el niño tiró un juguete y lo estropeó, puede participar en la organización del espacio o no utilizarlo temporalmente. La consecuencia debe ser coherente con lo ocurrido, aplicada sin venganza y acompañada de orientación.

¿Qué pueden hacer las familias y las escuelas de forma preventiva?

No todas las intervenciones tienen que ocurrir después de la crisis. Muchas situaciones se pueden prevenir cuando los adultos reconocen los principales desencadenantes. En casa y en la escuela, algunas estrategias son útiles:

  • anticipar cambios: “Quedan cinco minutos para guardar los juguetes”;
  • dividir tareas extensas en pequeños pasos;
  • comprobar si el niño entendió las instrucciones;
  • establecer rutinas predecibles, sin volverlas inflexibles;
  • enseñar palabras y frases para pedir ayuda o un descanso;
  • ofrecer opciones limitadas: “¿Preferirías empezar leyendo o escribiendo?”;
  • elogiar conductas específicas: “Estabas irritado, pero lograste hablar sin golpear”;
  • mantener respuestas similares entre los adultos;
  • reducir los estímulos cuando haya signos de sobrecarga;
  • respetar las necesidades básicas de alimentación, sueño, movimiento y descanso.

Prevenir no significa organizar el mundo para que nunca se contradiga al niño. Significa crear condiciones para que gradualmente desarrolle tolerancia a la frustración, flexibilidad y capacidad para expresar sus necesidades.

¿Cuándo es necesario observar con más atención?

Las rabietas y las reacciones intensas pueden ser parte del desarrollo, especialmente en los primeros años. él mismo CDC informa que son esperados en ciertas etapas y tienden a disminuir en duración y frecuencia a medida que el niño crece. Sin embargo, vale la pena ampliar la investigación cuando la conducta:

  • sucede con muy alta intensidad o frecuencia;
  • sigue siendo muy diferente de lo esperado para el grupo de edad;
  • causa daños importantes en el hogar o en la escuela;
  • implica ataques, fugas o riesgos recurrentes;
  • surge asociado a dificultades de lenguaje, aprendizaje o interacción;
  • aparece principalmente en respuesta a estímulos sensoriales específicos;
  • impide que el niño participe en las actividades diarias;
  • Cambia bruscamente sin causa aparente.

Ninguno de estos signos por sí solo confirma un trastorno. Es necesario analizar el comportamiento teniendo en cuenta el desarrollo, el entorno, la comunicación, la salud, el aprendizaje, las relaciones y los acontecimientos recientes.

La evaluación psicopedagógica puede contribuir cuando aparecen reacciones relacionadas con las tareas escolares, la inseguridad ante los errores, las dificultades de aprendizaje, la organización de la rutina de estudio o la relación del niño con el conocimiento. Según sea necesario, esta comprensión puede construirse de manera interdisciplinaria.

Antes de corregir, intenta comprender.

Un niño que grita, se niega o se tira al suelo necesita límites. Pero también puede necesitar palabras que aún no tiene, ayuda para reorganizarse o adultos capaces de darse cuenta de que ese comportamiento no surgió de la nada.

La comprensión no elimina la responsabilidad de educar. Al contrario, hace que la intervención sea más precisa. Cuando el adulto identifica la posible función del comportamiento, puede dejar de reaccionar sólo ante el malestar inmediato y comenzar a enseñarle habilidades que el niño puede utilizar en otras situaciones.

Quizás sea una broma. Quizás sea cansancio, miedo, frustración, sobrecarga, dificultad para comunicarse o una tarea que parece imposible. Antes de elegir la respuesta, debemos comprender la pregunta que plantea el comportamiento.

Referencias y bases teóricas

  • ACADEMIA AMERICANA DE PEDIATRÍA. Por qué los niños se portan mal: consejos para ayudar a su hijo a afrontar el estrés. HealthyChildren.org, 2024. Disponible en: NiñosSaludables.org.
  • CENTRO PARA EL DESARROLLO DEL NIÑO EN LA UNIVERSIDAD DE HARVARD. Una guía para la función ejecutiva. Universidad de Harvard. Disponible en: Centro para el desarrollo del niño.
  • CENTROS PARA EL CONTROL Y PREVENCIÓN DE ENFERMEDADES. Hitos a los 18 meses. CDC, 2026. Disponible en: CDC.
  • CENTRO IRIS. Evaluación del comportamiento: realizar un análisis ABC. Universidad de Vanderbilt. Disponible en: Centro Iris.
  • DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS. Uso de evaluaciones de comportamiento funcional para crear entornos de aprendizaje de apoyo. Washington, DC, 2024. Disponible en: Departamento de Educación de EE. UU..